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Mientras miramos a Oriente Medio, el Ártico se ha convertido en el escondite del mayor desafío de Rusia a la OTAN: Borei y Yasen

Uno de los mayores temores de las marinas occidentales no era un ataque directo, sino algo mucho más inquietante: no saber dónde estaba el adversario. Esa sensación se hizo especialmente evidente cuando, en plena Guerra Fría, un submarino soviético logró seguir a un grupo naval estadounidense durant

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Xataka
25 de abril de 2026·2 min de lectura
Mientras miramos a Oriente Medio, el Ártico se ha convertido en el escondite del mayor desafío de Rusia a la OTAN: Borei y Yasen

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Uno de los mayores temores de las marinas occidentales no era un ataque directo, sino algo mucho más inquietante: no saber dónde estaba el adversario. Esa sensación se hizo especialmente evidente cuando, en plena Guerra Fría, un submarino soviético logró seguir a un grupo naval estadounidense durante días sin ser detectado, demostrando que en ciertos escenarios el verdadero poder no está en golpear primero, sino en permanecer invisible el tiempo suficiente.

No se ve, pero no se detiene. Contaban en un extenso reportaje en Bloomberg que, a cientos de metros bajo una montaña en el norte de Noruega, la OTAN vigila sin descanso un tablero que no aparece en los titulares diarios, pero que nunca ha dejado de estar activo. 

Mientras la atención global se centra y con razón en conflictos más visibles, en las profundidades del Atlántico Norte se desarrolla una competición constante por detectar, seguir y no perder de vista a los activos más sensibles del adversario. Es, si se quiere, una vigilancia silenciosa, técnica y permanente, una donde el margen de error es mínimo y donde la ausencia de noticias no significa, ni mucho menos, ausencia de actividad.

El Ártico como epicentro estratégico. Como decíamos, aunque el foco político y mediático se ha desplazado irremediablemente hacia Oriente Medio, el verdadero pulso entre Rusia y la OTAN se está desplazando cada vez más hacia el Ártico, a miles de metros bajo el mar en un entorno que combina aislamiento, profundidad y condiciones extremas que dificultan cualquier seguimiento. 

Esta región, que durante años fue vista como periférica, ha recuperado su centralidad por la apertura de nuevas rutas, recursos y, sobre todo, por su valor militar como espacio de tránsito y ocultación. En este escenario, el hielo y la geografía, más que obstáculos, son aliados naturales para quien sabe aprovecharlos. Y Moscú lleva ventaja.

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