En 2004 Madrid decidió levantar su propio Guggenheim. Ahora tiene un monstruo que no quiere ni Richard Gere como centro budista
Muchas ciudades han perseguido la idea de que un solo edificio podía cambiarlo todo, atraer turismo y redefinir su identidad casi de la noche a la mañana. La obsesión tiene un origen muy concreto: el impacto que tuvo el Museo Guggenheim en la economía y la imagen de Bilbao, convertido en un caso de

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Muchas ciudades han perseguido la idea de que un solo edificio podía cambiarlo todo, atraer turismo y redefinir su identidad casi de la noche a la mañana. La obsesión tiene un origen muy concreto: el impacto que tuvo el Museo Guggenheim en la economía y la imagen de Bilbao, convertido en un caso de estudio global. En 1997, su inauguración marcó un antes y un después y alimentó una fiebre urbanística que llevó a replicar ese modelo en lugares donde el contexto no siempre acompañaba.
Un Guggenheim en el extrarradio. A comienzos de los años 2000, en pleno auge inmobiliario y con el efecto Bilbao aún resonando, Alcorcón decidió aspirar a su propio icono cultural, un complejo que debía situar a la ciudad en el mapa internacional del arte.
La idea era ambiciosa hasta el exceso: un macrocentro con nueve edificios interconectados que incluía auditorio, conservatorio, palacio de congresos y hasta un circo permanente, todo concebido como una especie de Guggenheim madrileño. El problema aquí no fue la falta de imaginación, por supuesto, sino la escala de un proyecto pensado para una realidad económica que estaba a punto de desaparecer.
Un gigante a medias. Las obras arrancaron en 2007 con presupuestos que ya eran elevados, pero pronto comenzaron a encadenar modificaciones, sobrecostes y decisiones difíciles de justificar, como la demolición de una biblioteca prácticamente nueva o la incorporación de instalaciones tan peculiares como, atención, cuadras para animales.
Cuando la crisis de 2008 golpeó de lleno, el proyecto se detuvo con alrededor del 70% ejecutado y más de 100 millones de euros invertidos, dejando tras de sí una estructura descomunal, parcialmente terminada y sin función clara. Lo que debía ser un emblema cultural se convirtió en una mole vacía, una demasiado grande para abandonarla del todo y demasiado cara para terminarla.
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En 2004 Madrid decidió levantar su propio Guggenheim. Ahora tiene un monstruo que no quiere ni Richard Gere como centro budista
Publicado por Xataka