Dos turistas estadounidenses pidieron doce bogavantes en un bar de Nápoles. Acto seguido hicieron algo polémico: liberarlas
En teoría iba a ser un gesto bonito, una especie de performance improvisada con la que dar un punto emotivo a unas vacaciones en el Mediterráneo, pero ha acabado convertido en un error garrafal. Hace unos días, mientras comían en un restaurante de Campania (Italia), dos turistas estadounidenses deci

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En teoría iba a ser un gesto bonito, una especie de performance improvisada con la que dar un punto emotivo a unas vacaciones en el Mediterráneo, pero ha acabado convertido en un error garrafal. Hace unos días, mientras comían en un restaurante de Campania (Italia), dos turistas estadounidenses decidieron rescatar a la docena de bogavantes que nadaban en el acuario del local. Pagaron por ellas. Las metieron en un barreño. Se subieron a un taxi. Y viajaron hasta una playa del Tirreno, donde liberaron a los crustáceos. Todo fantástico si no fuera por un pequeño detalle: lo que hicieron podría ser un delito medioambiental.
Ahora se arriesgan a pagar una multa considerable.
Dice el refrán que el infierno está empedrado de buenas intenciones. En las aguas del Tirreno, Italia, las buenas intenciones han provocado otra cosa: una liberación ilegal de bogavantes. El suceso ocurrió hace unos días, cuando dos turistas de Texas (madre e hija) decidieron coronar sus vacaciones en Nápoles con algo que a priori parecía un gesto altruista: pagar por una docena de crustáceos condenados a morir en una cocina para luego liberarlos en el mar.
Para entender la historia hay que viajar al restaurante Mercato Pompeiano, en Campania, donde hace unos días dos estadounidenses decidieron probar la gastronomía local. Hasta ahí nada extraño. La sorpresa llegó cuando pidieron al camarero que les vendiera la docena de bogavantes que nadaban en el acuario, el típico expositor en el que los clientes pueden escoger el marisco que quieren que les cocinen.
Su intención no era darse un festín de crustáceos, sino meter a los animales en un barreño para liberarlos en el mar. Fue la propia hija la que se encargó de 'pescarlos' del estanque con una pequeña red. Luego, para pasmo de los dueños del restaurante, las dos turistas se subieron a un taxi y viajaron hasta la cercana playa de Castellammare di Stabia. Una vez allí la hija se remangó, se acercó a la línea de costa en la que rompían las olas y fue soltando uno a uno los bogavantes que hasta poco antes miraban a los comensales del Mercato Pompeiano con las tenazas sujetas con cintas.
¿Gesto altruista o delito ambiental?
No hace falta imaginárselo. La escena puede verse porque las propias turistas se encargaron de grabarlo todo en un vídeo que ha acabado viralizándose. En él se observa a la hija con el agua hasta los tobillos, liberando los bovagantes, mientras la madre inmortaliza la escena con su móvil. Algunos medios italianos precisan que iban acompañadas de un guía.
"Queremos llevarnos a Estados Unidos este recuerdo. Ha sido hermoso, estamos felice", explica la madre, orgullosa. La pareja incluso envió un mensaje al dueño del restaurante. "Aunque solo vivan unos días más, valió la pena. Mi madre siempre ha querido hacer esto cuando veíamos bogavantes en restaurantes, pero hasta ahora nunca había sido posible".
El vídeo de la liberación no tardó en correr como la pólvora en redes, donde provocó reacciones enfrentadas. Hay quien aplaude el gesto por su altruismo. Y hay quien lo considera una majadería con graves consecuencias medioambientales.
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Dos turistas estadounidenses pidieron doce bogavantes en un bar de Nápoles. Acto seguido hicieron algo polémico: liberarlas
Publicado por Xataka